sábado, 4 de junio de 2011

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
 
Se echó a dormir sin sueño. 
Cerró los ojos, 
en el ombligo cerrado de la nada

Las revoluciones de la gente común





En los más diversos rincones del planeta la gente común está saliendo a las calles, ocupando plazas, encontrándose con otras gentes comunes a las que no conocían pero que inmediatamente reconocen. No esperaron a ser convocados, acudieron por la necesidad de descubrirse. No calculan las consecuencias de sus actos, actúan con base en lo que sienten, desean y sueñan. Estamos ante verdaderas revoluciones, cambios profundos que no dejan nada en su lugar, aunque los de arriba crean que todo seguirá igual cuando las plazas y las calles recuperen, por un tiempo, ese silencio de plomo al que denominan normalidad.
No encuentro mejor forma de explicar lo que está sucediendo que traer un memorable texto de Giovanni Arrighi, Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein, 1968: el gran ensayo, capítulo del libro Movimientos antisistémicos (Akal, Madrid, 1999). Ese texto denso, inspirado en la mirada larga y profunda de Braudel, se abre con una afirmación insólita: Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo.
A renglón seguido los tres maestros del sistema-mundo exponen que el hecho de que ambas revoluciones no estuvieron planeadas y que fueran espontáneas en el sentido profundo del término explica tanto el fracaso como su capacidad de cambiar el mundo. Dicen más: que 1848 y 1968 son fechas más importantes que 1789 y 1917, en referencia a las revoluciones francesa y rusa. Éstas fueron superadas por aquéllas.
El concepto heredado y hegemónico aún de revolución debe ser revisado, y lo está siendo en los hechos. Frente a una idea de revolución centrada exclusivamente en la conquista del poder estatal, aparece otra más compleja pero sobre todo más integral, que no excluye la estrategia estatal pero que la supera y desborda. En todo caso, la cuestión de conquistar el timón estatal es un recodo en un camino mucho más largo que busca algo que no puede hacerse desde las instituciones estatales: crear un mundo nuevo.
Para crear un mundo nuevo, lo que menos sirve es la política tradicional, anclada en la figura de la representación que consiste en suplantar sujetos colectivos por profesionales de la administración, y del engaño. Por el contrario, el mundo nuevo y diferente al actual supone ensayar y experimentar relaciones sociales horizontales, en espacios autocontrolados y autónomos, soberanos, donde nadie impone y manda el colectivo.
La frase clave de la cita es espontáneas en el sentido profundo. ¿Cómo interpretar esa afirmación? En este punto hay que aceptar que no hay una racionalidad, instrumental y estadocéntrica, sino que cada sujeto tiene su racionalidad, y que todos y todas podemos ser sujetos cuando decimos Ya basta. Se trata, entonces, de comprender las racionalidades otras, cuestión que sólo puede hacerse desde adentro y en movimiento, a partir de la lógica inmanente que develan los actos colectivos de los sujetos del abajo. Eso indica que no se trata de interpretar sino de participar.
Por encima de las diversas coyunturas en que surgieron, los movimientos de la plaza Tahrir en El Cairo y de la Puerta del Sol en Madrid forman parte de la misma genealogía del que se vayan todos de la revuelta argentina de 2001, de la guerra del agua de Cochabamba en 2000, de las dos guerras del gas bolivianas en 2003 y 2005 y de la comuna de Oaxaca de 2006, por mencionar sólo los casos urbanos. Lo común son básicamente dos hechos: poner un freno a los de arriba y hacerlo abriendo espacios de democracia directa y participación colectiva sin representantes.
Esa estrategia con dos fases, rechazo y creación, desborda la cultura política tradicional y hegemónica en las izquierdas y el movimiento sindical, que sólo contemplan parcialmente la primera: las manifestaciones autocontroladas, con objetivos precisos y acotados. Esa cultura política ha mostrado sus límites, incluso como rechazo a lo existente porque al no desbordar los cauces institucionales es incapaz de frenar a los de arriba y se limita, solamente, a preparar el terreno para el relevo de los equipos gobernantes sin cambio de política. Esa cultura política ha sido hábil para desplazar a las derechas y ha fracasado a la hora de cambiar el mundo.
Las revoluciones en marcha son estuarios donde desembocan y confluyen ríos y arroyos de rebeldías que recorrieron largos caminos, algunos de los cuales beben en las aguas de 1968 pero las superan en profundidad y densidad. Rebeldías que vienen de muy lejos, montaña arriba, para confluir de modo imperceptible y capilar con otros cauces, a veces minúsculos, para un buen día mezclar sus aguas en un torrente donde ya nadie se pregunta de dónde viene, qué colores y señas de identidad arrastra.
Estas revoluciones son el momento visible, importante pero no fundante, de un largo camino subterráneo. Por eso la imagen del topo es tan adecuada: un buen día pega un salto y se muestra, pero antes ha hecho un largo recorrido bajo tierra. Sin ese recorrido no podría nunca ver la luz del día. Ese largo andar son las cientos de pequeñas iniciativas que nacieron como espacios de resistencia, pequeños laboratorios (como los que existieron desde finales de los años 90 en Lavapiés, Madrid) donde se vive como se quiere vivir y no como ellos quieren que vivamos.
Quiero decir que los grandes hechos son precedidos y preparados, y ensayados como señala James Scott, por prácticas colectivas que suceden lejos de la atención de los medios y de los políticos profesionales. Allí donde los practicantes se sienten seguros y protegidos por sus pares. Ahora que esas miles de microexperiencias han confluido en estas correntadas de vida, es momento de celebrar y sonreír, a pesar de las inevitables represiones. Sobre todo, no olvidar, cuando vuelvan los años de plomo, que son esas trabajosas y solitarias experiencias, aisladas y a menudo fracasadas, las que pavimentan los jornadas luminosas. Unas con otras cambian el mundo.


Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/06/03/opinion/023a1pol

¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN EL SOL?

YA NO SOMOS PORTADA. Hace una semana nos queríais por lo que os contaban los medios de comunicación y, ahora, nos criticáis por lo que os cuentan esos mismos medios. Los problemas sociales que ahora utilizan para deslegitimarnos, son los mismos que ya existían la primera semana de acampada, los mismos que ya existían antes de que llegásemos a Sol, los mismos por los que estamos aquí luchando.
NOS PEDÍS SOLUCIONES. La solución que damos ante estos problemas también sigue siendo la misma que cuando llegamos: la participación inclusiva de todas las personas en la construcción del cambio que queremos.
TODAS LAS PERSONAS: El ama de casa cuyo trabajo no se reconoce legalmente. La persona sobre la que se ejerce violencia por vivir libremente su sexualidad. El autónomo que ha sido desahuciado y debe seguir pagando la hipoteca. La migrante a la que le piden papeles para tener trabajo y trabajo para tener papeles. El estudiante cuyo único futuro es una beca que nunca le permitirá emanciparse. Aquella persona a la cual el sistema enferma ocultando su existencia y condenando su visibilidad. La parada que no puede acceder a una vivienda. El trabajador que debe hacer horas extras no remuneradas por miedo a perder su empleo…
EL MIEDO. Todas aquellas personas que por miedo no somos libres, todas distintas pero todas con el mismo miedo. En Sol hemos sustituido el miedo mutuo por el apoyo mutuo. Hemos unificado nuestras luchas para combatir el miedo que nos impone el sistema. Pero esto requiere tiempo.
EL TIEMPO. Habíamos interiorizado sus prisas, sus ritmos, su velocidad. BASTA. Vamos despacio porque vamos lejos. Vamos despacio porque queremos ir todas juntas. Vamos despacio porque queremos hacerlo bien. Vamos despacio porque el camino es igual de importante que el resultado.
ENTONCES, ¿QUÉ ES LO QUE HA CAMBIADO?
QUE HEMOS CRECIDO, QUE ESTAMOS EN TODOS LOS BARRIOS Y MUNICIPIOS DE MADRID, EN MILES DE CIUDADES DEL MUNDO, QUE ESTAMOS AÚN MÁS INDIGNADAS Y MÁS UNIDAS, QUE SUS MENTIRAS NO NOS CIEGAN, QUE SU MANIPULACIÓN NO NOS FRENA, QUE SU VIOLENCIA NOS HA HECHO MÁS FUERTES, QUE, AHORA MÁS QUE NUNCA, NO NOS REPRESENTAN. QUE YA NO SOMOS PORTADA PERO POR FIN ESTAMOS ESCRIBIENDO LA PRIMERA PÁGINA DE NUESTRAS PROPIAS VIDAS.
APAGA LA TELE, CIERRA EL PERIÓDICO Y COMIENZA A ESCRIBIR TU PROPIA HISTORIA, QUE ES LA DE TODAS.
Con cariño: Quienes escribieron el texto, quienes estén de acuerdo y quienes lo difundan.
Fuente: http://madrid.tomalaplaza.net/2011/06/03/%C2%BFque-esta-pasando-en-sol/

jueves, 3 de marzo de 2011

Cronopiando Gastronoticias

Koldo Campos Sagaseta:

"Afirman los espárragos que la reforma del tomate no entrará en vigor hasta que las aceitunas lo aprueben, al margen de lo que afirme la lechuga sobre las recetas aplicadas a la crisis, dado que para el aceite ya ha pasado lo peor y la ensalada es un mejor lugar sin cebolletas. El riesgo, en cualquier caso, es que la tasa de paro de los pimientos siga aumentando o que la Bolsa se dispare por la fusión del huevo con la mayonesa, antes de que para marzo se anuncie una nueva emisión de guisantes y se desplome el precio de la sal.

Por otra parte, la Audiencia ha archivado la denuncia del vinagre mientras se cifra en 25 el número de pepinillos afectados y persiste la protesta de las zanahorias por no haber sido consensuada su presencia en la cocina. Los taponamientos de salchichas por toda la mesa se han visto agravados por los torrenciales aguacates caídos sobre los platos que han desbordado el ajo y provocado inundaciones de vino por el mantel.

Los garbanzos han hecho públicas sus aspiraciones a presidir el menú por más que las lentejas, ya en precampaña, sigan movilizando a las patatas y acusen a la pimienta de haber ido a la ensalada en misión humanitaria y mantener vínculos con la mortadela.

Tras la jarra de agua han proseguido los bombardeos de berenjenas provocando graves daños colaterales en las calabazas, al tiempo que han sido sorprendidos tres puerros traficando especias en un cocido clandestino. Un pan suicida ha estallado sobre la servilleta provocando tres dedos y una uña, mientras miles de hormigas han llegado a la mesa y se persignan en torno al holocausto de la ensalada muerta. Más tarde se darán a conocer las previsiones sobre el futuro reparto de las migas.

Yo me levanto de la mesa con la urgencia de quien aún no ha pasado por el baño, deposito entre espasmos la cólera que nunca he digerido y me voy a la calle con la vergüenza de estar todavía vivo, vivo entre tanta desvergüenza.

Nunca más volveré a leer el periódico mientras como".
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=121469&titular=gastronoticias-

jueves, 13 de mayo de 2010

DEMOCRACIA

Los subrayados son míos.

"He aquí el fondo del problema. Existe un orden natural de las cosas según el cual los hombres que se reúnen son gobernados por aquellos que poseen los títulos para gobernar. La historia ha conocido dos grandes títulos para gobernar a los hombres: uno que obedece a la filiación humana o divina, esto es, la superioridad en el nacimiento; y otro que responde a la organización de las actividades productivas y reproductivas de la sociedad, esto es, el poder de la riqueza. Habitualmente, las sociedades son gobernadas por una combinación de estas dos potencias las cuales son reforzadas, en proporciones diversas, por la ciencia y la fuerza. Pero si los ancianos deben gobernar no sólo a los jóvenes, sino también a los sabios e ignorantes, si los sabios deben gobernar no sólo a los ignorantes sino a los ricos y a los pobres, si deben hacerse obedecer por quienes detentan la fuerza y hacerse comprender por los ignorantes, hay algo más, un título suplementario, común a quienes poseen todos estos títulos pero común también a quienes los poseen y a quienes no los poseen. Ahora bien, el único que queda es el título anárquico, el título propio de aquellos que no tienen más título para gobernar que para ser gobernados.

Es esto lo primero que la democracia quiere decir. La democracia no es ni un tipo de constitución, ni una forma de sociedad. El poder del pueblo no es el de la población reunida, de su mayoría o el de las clases laboriosas. Es simplemente el poder propio de quienes no tienen más título para gobernar que para ser gobernados. No podemos librarnos de este poder denunciando la tiranía de las mayorías, la estupidez de los toscos animales, o la frivolidad de los consumidores. Porque entonces habría que librarse de la misma política. Ésta no existe a menos que exista un título que se añada a aquéllos que funcionan en lo ordinario de las relaciones sociales. El escándalo de la democracia, y del sorteo del cual ella es su esencia, es revelar que este título no puede ser sino la ausencia de título, que en última instancia el gobierno de las sociedades sólo puede basarse en su propia contingencia. Hay personas que gobiernan porque son los más viejos, los mejores nacidos, los más ricos o los más sabios. Hay modelos de gobierno y prácticas de autoridad que se basan en tal y cual distribución de lugares y competencias. Es la lógica que he propuesto pensar bajo el término de policía. Pero si el poder de los ancianos debe ser algo más que una gerontocracia, el poder de los ricos algo más que una plutocracia, si los ignorantes deben comprender que tienen que obedecer las órdenes de los sabios, su poder debe basarse en un título suplementario, el poder de aquellos que no tienen ninguna propiedad que les predisponga más a gobernar que a ser gobernados. Debe convertirse en un poder político. Y un poder político significa, en última instancia, el poder de quienes no tienen una razón natural para gobernar sobre los que no tienen una razón natural para ser gobernados. En definitiva, el poder de los mejores sólo puede legitimarse por el poder de los iguales.

Esta es la paradoja con la que se encuentra Platón al tratar el gobierno del azar y que, en su recusación furiosa o bromista de la democracia, debe sin embargo tomarla en cuenta al hacer del gobernante un hombre sin propiedad al que sólo la fortuna lo ha llamado a ocupar ese lugar. Es lo que Hobbes, Rousseau, y todos los pensadores modernos del contrato y de la soberanía se encuentran por su parte a través de las cuestiones del consentimiento y de la legitimidad. La igualdad no es una ficción. Todo superior la sufre, por el contrario, como la más banal de las realidades. No hay amo que no se duerma y se arriesgue así a que su esclavo huya, no hay hombre que no sea capaz de matar a otro, no hay fuerza que se imponga sin que tenga que legitimarse, que por tanto reconozca, para que la desigualdad pueda funcionar, una igualdad irreductible. Desde que la obediencia debe pasar por un principio de legitimidad, desde que debe haber leyes que se impongan en tanto que leyes e instituciones que encarnen el común de la comunidad, el mando debe presuponer una igualdad entre el que manda y el que es dirigido. Quienes se creen astutos y realistas pueden siempre decir que la igualdad no es sino el dulce sueño angelical de los imbéciles y de las almas tiernas. Desgraciadamente para ellos, es una realidad que se verifica en todas partes y sin cesar. No hay servicio que se ejecute, no hay saber que se transmita, no hay autoridad que se establezca, sin que el amo tenga que hablar, por poco que sea,"de igual a igual" con aquel al que ordena o instruye. La sociedad desigual sólo puede funcionar gracias a una multitud de relaciones igualitarias. Esta intricación de la igualdad en la desigualdad es lo que el escándalo de la democracia viene a manifestar para hacer de ella el fundamento mismo del poder común. No es sólo, como suele decirse, que la igualdad de la ley esté ahí para corregir o atenuar la desigualdad de la naturaleza. Es que la "naturaleza" misma se desdobla, la desigualdad natural no se ejerce sino presuponiendo una igualdad natural que la secunda y la contradice. Imposible, si no, que los alumnos comprendan a los maestros y que los ignorantes obedezcan al gobierno de los sabios. Se dirá que para ello hay soldados y policías. Pero aún hace falta que éstos comprendan las órdenes de los sabios y el interés que hay en obedecerles, y así sucesivamente.

Esto es lo que la política requiere y lo que la democracia le aporta. Para que haya política, hace falta un título de excepción, un título que se añada a aquéllos por los cuales las sociedades pequeñas y grandes se rigen normalmente y que en un último análisis remiten al nacimiento y a la riqueza. La riqueza persigue su crecimiento indefinido, pero no tiene el poder de excederse a sí misma. El nacimiento lo pretende, pero no puede hacerlo si no es al precio de saltar de la filiación humana a la divina. Entonces funda el gobierno de los pastores, lo que resuelve el problema, pero al precio de suprimir la política. Queda la excepción ordinaria, el poder del pueblo, que no es el de la población o el de su mayoría, sino el poder de cualquiera, la indiferencia de las capacidades para ocupar las posiciones de gobernante y de gobernado. El gobierno político tiene entonces un fundamento. Pero este fundamento también hace del mismo una contradicción: la política es el fundamento del poder de gobernar en su ausencia de fundamento. El gobierno de los Estados sólo es legítimo si es político. Y sólo es político si descansa en su propia ausencia de fundamento. Es lo que quiere decir la democracia entendida exactamente como "ley de la fortuna". Las quejas ordinarias sobre la democracia ingobernable nos reenvían finalmente a esto: la democracia no es ni una sociedad que haya que gobernar, ni un gobierno de la sociedad, ella es propiamente este ingobernable en el que todo gobierno debe descubrir, en definitiva, su fundamento."

Jacques Rancière, en "El odio a la democracia" (2005)